
“El recitar de la poesía silente” es mi más reciente artículo publicado para la revista puertorriqueña Art Updated de arte contemporáneo.
En una sala muy grande pende una pintura de la pared enmarcada en un poema. Frente a ella, un niño renace en otros cuerpos; como un bastidor virgen que comienza a desflorar. Sin advertir, cada pétalo vuela en el vacío; acariciando una figura. Cada figura, duerme en sueños ajenos mientras las quimeras navegan…y navegan. El horizonte dibuja un barco de papel en cuya proa el niño malabar se troza sobre las orillas viscosas del filo de la noche. El ekphrasi trabaja en los muelles de la nave; como un mercader de manos sin palabras en un contrabando de símbolos. ¡Protejan la nave hombres lánguidos! ¡Qué no muera la ilusión para que el ayer no mate su fortuna!
El recitar de la poesía silente pretende reflexionar brevemente sobre la relación entre la pintura y la literatura. Una discusión antigua donde aun se discurre sobre su interrelación semiótica. Un tema fascinante y controversial donde convergen diversas teorías que han nacido, madurado y caído en desuso ante las nuevas corrientes literarias y artísticas. Sin embargo, el axiomático absoluto, es la relación de correspondencia entre la pintura y la literatura; esa elección por la composición como el denominador común entre ellas. Una intimidad y complicidad para tocar las fibras de ese “…niño frente a la pintura de la pared enmarcada en un poema…” y deshojar su sensibilidad llegando hasta la misma carne, a través de los ojos de la imaginación.
Esa “…sala muy grande…” que pudiera representar el museo, la galería de arte, la biblioteca o una cita clandestina con la pintura o un libro de poesía, no es exclusiva de nadie. Esa sala reza, conspirando para que el deleite culmine en la especulación de la pintura y la literatura. Una culminación que se logre mediante la expresividad creativa. “Cuando los imaginarios saltan del cuadro al papel y de la tinta al pigmento porque existen ojos inquietos que los imprimen en sus pupilas, los libros son libres y los museos para las musas.” María Teresa Caro.
Resulta adecuado, ejemplificar la relación entre la pintura y la literatura retomando el Barroco del siglo XVII. El movimiento más trascendental en la historia del arte de Europa y América. Su finalidad fue llevar a las masas, mediante los sentidos, la conciencia de una crisis marcada por contrastes sociales y económicos agudos, además de un ocaso político y militar. Para esa empresa, los “canales de los sentidos” fueron la pintura y la literatura, sin escaparse el teatro del Barroco español con Lope de Vega y su discípulo Pedro Calderón de la Barca.
En el campo de la pintura, una zafra fecunda de maestros universales: Michelangelo Merisi (Il Caravaggio), Giovanni Antonio Canal (Il Canaletto), Annibale Carraci, Pedro Pablo Rubens, Rembrandt van Rijn, Veemeer de Deft, Diego Velásquez, Francisco Zurbarán y Bartolomé Murillo. Pinturas que plasmaron distintamente los agites religiosos, políticos, económicos y culturales que la literatura traía al unísono influyendo en la pintura o influenciada por ella: no obstante, relacionadas.
En el campo de la literatura nacen dos corrientes estilísticas: el conceptismo y el culteranismo. Se redefinen tópicos literarios como la locura y la melancolía mediante corrientes que dan libre albedrío a una libertad que se viste de creatividad, dislocación de formas y conceptos y añade complejidad a la expresión. Se cimienta un antagonismo frente a la perfecta naturaleza renacentista. Exponentes como Francisco Quevedo y Villegas y Luis de Góngora y Argote traen el uso en abundancia de figuras literarias como la paradoja, la polisemia, la antítesis, la dilogía, las metáforas e hipérboles, entre otras.
¿Quién influyo en quien durante el barroco? ¿Quién primero y quien después? ¿La literatura o la pintura? La respuesta resulta inmaterial. Los mercados locales e internacionales son el escenario donde escuelas artísticas como el realismo, el surrealismo y el modernismo nacen en la pintura para luego reflejarse e influir en otras denominaciones del arte como la literatura. Otro escenario común son los gremios de escritores apoyando a los artistas plásticos para impulsar sus obras. Entonces, sucede esa relación complementaria entre pintura y la literatura donde las letras engalanan las pinturas y las pinturas engalanan las letras.
Un excelente ejemplo de esa relación complementaria sucede en la revista literaria mexicana Savia Moderna. Un nombre muy particular cuyo lema, según escribe Francisco Monterde: “No fue una segregación de disidentes sino una prolongación afirmativa de una tendencia que aspiró a modernizar por completo la literatura mexicana [...] a inyectar savia nueva en el viejo tronco.”
En el artículo del redactor de Savia Moderna, Jesús Villapando, publicado el 5 de mayo de 1918 en El Nacional, se reitera claramente esa relación entre la literatura y la pintura: “…Todo el día era una serie de momentos de sorpresa. Tocaban la puerta y aparecía un artista. Un día llegó Manuel de la Parra, todo tímido, como pajarito deslumbrado y anhelante de luz; otro, Rafael López apareció a las cinco y media de la tarde haciendo frases, elegancias y versos al hablar; tal se presentó Roberto Argüelles Bringas, con voz de sochantre y actitudes majestuosas de Duque; a la una de la tarde de un sábado se anunció un grupo de pintores y dibujantes, algo cohibidos, serios y sencillos; Diego Rivera, ocupado de un cuadro de Rubens o de un aguafuerte de Rembrandt, bueno y risueño, como un niño con su indomable e inseparable pipa y cuando todavía no pensaba en los abismos trágicos del futurismo..”. Diego Rivera se convierte en un colaborador puntual de la revista Savia Moderna; diseñando varias portadas y gestando una generación.
Resulta perentorio entender la relación complementaria entre la pintura y la literatura desde su justa perspectiva. Complementar debe suceder bajo los cánones éticos que respeten ambas representaciones de una forma paralela. Una discusión que mantenga una crítica bidireccional que no adolezca de dobleces malintencionados y elitistas redundando en su crecimiento individual y colectivo. “…Sin advertir, cada pétalo vuela en el vacío; acariciando una figura. Cada figura, duerme en sueños ajenos mientras las quimeras navegan…y navega…”… ¡ Nelson Rivera plantea la necesidad de recapacitar sobre la impresión de mascarillas protectoras de Melquiades Rosario con la frase: “protector a critico”. Un mensaje que demanda una crítica disciplinada y atrevida (¿objetiva?) en Puerto Rico que contrarreste la fobia actual a los críticos iniciáticos. La capitalización del ekphrasis para describir la pintura con la palabra o viceversa, como sucede en las novela de Mario Vargas Llosa: Elogio de la madrastra (1988). Aquí los personajes crean sus fantasías a través de las pinturas y el erotismo se magnifica a través de la imagen gestando nuevas interpretaciones de los clásicos. “…El ekphrasi trabaja en los muelles de la nave; como un mercader de manos sin palabras en un contrabando de símbolos…”
Las bellas artes se nutren entre sí reutilizando sus variados elementos para dejarlos plasmados a través de la pintura, la literatura, la escultura, la arquitectura o la danza. La pintura como la palabra puede lograr la reconstrucción de nuevos hombres en un horizonte sin límites. A este particular, la descripción de María Teresa Bertelloni, crítica de literatura y ensayista italiana, resume con gran riqueza su encuentro con la obra del viequense Carmelo Rodríguez titulada Este pueblo no es un manto de sonrisas: “…el viaje del protagonista fue así también mi viaje aunque la historia no fuese la misma, porque existió un punto de contacto, algo que compartir: el silencio desolado y soleado de un camino que se tiene que recorrer sin compañía, sin ayuda y sin escape: el camino de la propia vida. Un viaje de ida al que hay que poner una meta que lo justifique y nos justifique…”.
“! Protejan la nave hombres lánguidos!
¡Qué no muera la ilusión para que el ayer no mate su fortuna!”





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