La alarma disonante del reloj despertador aplacó cualquier ruido. Un escalofrío recorrió su cuerpo erizando sus vellos. Mientras se incorporaba se percató de su erección. Su pene había buscado salida por entre los botones de su pantalón: listo para la faena redentora. Sebastián se colocó boca abajo. Con suaves movimientos se frotó contra la sabana, debajo, alguien transpiraba pero Sebastián estaba solo. Sus nalgas se abrían y cerraban en unos comprometedores compases. Segundos después, una babilla transparente humedecía las llanuras y unas cosquillas estremecían su cuerpo. Apretó y aflojó su esfínter en repetidas ocasiones. Se detuvo, de lo contrario la lubricación se hubiera tornado en una regada colosal. El olor a macho bañaba la atmósfera. Empujó con fuerza su miembro henchido, amurallado de sinuosas venas. Del prepucio se asomaba un hongo enrojecido, arremetiendo por última vez; sin piedad. Hasta el fondo. El juego finalizó, quedando a medias.
Una vez interrumpida la faena redentora, se dirigió al baño. El ritual daba sus inicios. En el interior Sebastián observaba impávido su cara frente al espejo. No era uno, eran dos. El encuentro de dos almas, morando bajo una misma piel, pero ocupando dos continentes separados por mares tempestuosos. Ánimas cuya cita matutina frente al espejo era el umbral para unirse, además de los sueños para descubrirse, compararse y husmear libremente una misma miseria. Unas veces Sebastián miraba, otras veces era observado: viajes fugaces donde no se ha partido y mucho menos se ha llegado. Sus ojeras eran pinceladas que traían a su rostro un halo de cansancio e intensidad. Ojos sin brillo, plomizos, circundados por una telaraña de finos capilares encarnados.




